sábado, 26 de septiembre de 2009

CURSO 2009-2010




Empezamos un nuevo curso, os doy la bienvenida y os dejo para su lectura un texto de Nietzsche que como dice debe ser el prefacio que debe leer cualquier alumno universitario antes de comenzar el curso. Espero vuestros comentarios

El futuro de la Universidad: valor cultural y relación con el arte.



PREFACIO QUE DEBE LEERSE ANTES DE INICIAR UN CURSO DE FILOSOFIA

El lector del que espero algo debe tener tres cualidades: debe ser tranquilo y leer sin prisa, no debe hacer intervenir constantemente su persona y su "cultura" y no tiene derecho a esperar -casi como resultado- proyectos, programas o soluciones. Estos apuntes van destinados a quienes todavía no se han acostumbrado a establecer el valor de todas las cosas en función del ahorro o de la pérdida de tiempo, a quienes todavía no han olvidado pensar y todavía conocen el secreto de leer entre líneas y a los que siguen reflex­ionando sobre lo que han leído, tal vez mucho después de haber dejado el libro...o sea ¡a pocos hombres!
Este lector debe romper en primer lugar con el oído, sentido privilegiado en nuestra Universidad. Si alguien quisiera conocer la vida de nuestras universidades preguntaría "¿De qué modo entran en relación vuestros estudiantes con la universidad?". Nosotros respondemos "A través del oído, como oyentes". "¿Sólo a través del oído?" Vuelve a preguntar. "Sólo a través del oído". Volvemos a responder. El estudiante escucha, siempre está escuchando y con bastante frecuencia el estudiante escribe también mientras escucha. Esos son los momentos en que está unido al cordón umbilical de la universidad. Ese es el método "acromático" de enseñanza.
Por su parte, el profesor habla a esos estudiantes que escuchan. Lo que piensa y hace en otros momentos está separado por un inmenso abismo de la percepción del estudiante. Muchas veces el profesor lee mientras habla. En general, quiere tener el mayor número posible de oyentes de esa clase; en caso de necesidad, se contenta con pocos, y casi nunca se dirige a uno solo. Una sola boca que habla y muchísimos oídos, con un número menor de manos que escriben: tal es el aparato académico exterior, tal es la máquina cultural universitaria, puesta en funcionamiento. Por lo demás aquél al que pertenece esa boca está separado y es independiente de aquéllos a quienes pertenecen los numerosos oídos. Por otro lado, el profesor puede decir prácticamente lo que quiere, mientras que el estudiante puede escuchar prácticamente lo que quiere: sólo que a cierta distancia y con cierta actitud anhelosa de espectador, está el Estado, para recordar de vez en cuando que él es el objetivo, el fin y la suma de ese extraño procedimiento consistente en hablar y en escuchar.
Así, por un extraño procedimiento la cultura pasa de la boca al oído. Efectivamente, hoy los estudiantes están tan habituados a escuchar que suelen vengarse de eso contra aquéllos a los que sólo pueden escuchar. Según su costumbre, llevan por todas partes la imagen del auditorio, y la necesidad de vengarse de esa enseñanza que es la única que está a su disposición. De ese modo, saben de hecho no sólo que su personalidad está reprimida, y casi esquematizada, sino también que está frustada la tendencia más noble, es decir, su sed de cultura. Una insatisfacción eterna los entristece, los atormenta y, por último, los instiga contra aquellos de quienes esperaban un alimento personal, en lugar de lo cual reciben solamente palabras impersonales, frías, pronunciadas en general ante su auditorio. Por eso, en la universidad suelen ser enormemente raros e insuficientes el respeto y la confianza hacia quien aprende, o sea la única atmósfera fecunda y unificadora entre viejos y jóvenes, entre profesores y discípulos. El hecho de que nuestros estudiantes están condenados a escuchar, de que sólo se los tenga en cuenta como oyentes, les lleva a observar la universidad desde un punto de vista externo, ajeno al tumulto del presente, con sentimientos semejantes a aquéllos con que se observa un puerto tranquilo, de aguas plácidas un día de tempestad y huracán, cuando las luces del faro amenazan con apagarse.


Tomado (libremente) de Friedrich NIETZSCHE, Ueber die Zukunft unserer Bildungsanstalten, [existe traducción española de Carlos Manzano, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, Tusquets, Barcelona, 1980].

jueves, 9 de octubre de 2008

CURSO 2008-2009



El lector del que espero algo debe tener tres cualidades: debe ser tranquilo y leer sin prisa, no debe hacer intervenir constantemente su persona y su "cultura" y no tiene derecho a esperar -casi como resultado- proyectos, programas o soluciones. Estos apuntes van destinados a quienes todavía no se han acostumbrado a establecer el valor de todas las cosas en función del ahorro o de la pérdida de tiempo, a quienes todavía no han olvidado pensar y todavía conocen el secreto de leer entre líneas y a los que siguen reflex­ionando sobre lo que han leído, tal vez mucho después de haber dejado el libro...o sea ¡a pocos hombres!
Este lector debe romper en primer lugar con el oído, sentido privilegiado en nuestra Universidad. Si alguien quisiera conocer la vida de nuestras universidades preguntaría "¿De qué modo entran en relación vuestros estudiantes con la universidad?". Nosotros respondemos "A través del oído, como oyentes". "¿Sólo a través del oído?" Vuelve a preguntar. "Sólo a través del oído". Volvemos a responder. El estudiante escucha, siempre está escuchando y con bastante frecuencia el estudiante escribe también mientras escucha. Esos son los momentos en que está unido al cordón umbilical de la universidad. Ese es el método "acromático" de enseñanza.
Por su parte, el profesor habla a esos estudiantes que escuchan. Lo que piensa y hace en otros momentos está separado por un inmenso abismo de la percepción del estudiante. Muchas veces el profesor lee mientras habla. En general, quiere tener el mayor número posible de oyentes de esa clase; en caso de necesidad, se contenta con pocos, y casi nunca se dirige a uno solo. Una sola boca que habla y muchísimos oídos, con un número menor de manos que escriben: tal es el aparato académico exterior, tal es la máquina cultural universitaria, puesta en funcionamiento. Por lo demás aquél al que pertenece esa boca está separado y es independiente de aquéllos a quienes pertenecen los numerosos oídos. Por otro lado, el profesor puede decir prácticamente lo que quiere, mientras que el estudiante puede escuchar prácticamente lo que quiere: sólo que a cierta distancia y con cierta actitud anhelosa de espectador, está el Estado, para recordar de vez en cuando que él es el objetivo, el fin y la suma de ese extraño procedimiento consistente en hablar y en escuchar.
Así, por un extraño procedimiento la cultura pasa de la boca al oído. Efectivamente, hoy los estudiantes están tan habituados a escuchar que suelen vengarse de eso contra aquéllos a los que sólo pueden escuchar. Según su costumbre, llevan por todas partes la imagen del auditorio, y la necesidad de vengarse de esa enseñanza que es la única que está a su disposición. De ese modo, saben de hecho no sólo que su personalidad está reprimida, y casi esquematizada, sino también que está frustada la tendencia más noble, es decir, su sed de cultura. Una insatisfacción eterna los entristece, los atormenta y, por último, los instiga contra aquellos de quienes esperaban un alimento personal, en lugar de lo cual reciben solamente palabras impersonales, frías, pronunciadas en general ante su auditorio. Por eso, en la universidad suelen ser enormemente raros e insuficientes el respeto y la confianza hacia quien aprende, o sea la única atmósfera fecunda y unificadora entre viejos y jóvenes, entre profesores y discípulos. El hecho de que nuestros estudiantes están condenados a escuchar, de que sólo se los tenga en cuenta como oyentes, les lleva a observar la universidad desde un punto de vista externo, ajeno al tumulto del presente, con sentimientos semejantes a aquéllos con que se observa un puerto tranquilo, de aguas plácidas un día de tempestad y huracán, cuando las luces del faro amenazan con apagarse.


Tomado (libremente) de Friedrich NIETZSCHE, Ueber die Zukunft unserer Bildungsanstalten, [existe traducción española de Carlos Manzano, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, Tusquets, Barcelona, 1980].

miércoles, 8 de octubre de 2008

PRIMER TEMA


Aquí os mando el enlace de una revista on line de estética y teoría de las artes.El artículo que en ella encontrareis llena la primera parte del temario explicada. Espero que lo leais. Espero vuestros omentarios.http://www.institucional.us.es/fedro/

sábado, 13 de septiembre de 2008

LA CIUDAD LÍQUIDA

En 1923 Charles Édouard Jeanneret-Gris, llamado Le Corbusier dijo, entre irónico y profeta, “la calle ha muerto”, y luego la recluyó en una de las plantas de su vivienda de Marsella, con posterioridad hemos visto desaparecer en la ciudad contemporánea, la plaza, siendo sustituida en pleno auge del “zoning” (dividir la ciudad en sectores monofuncionales conectados por las circulaciones en automovil normalmente) por la nueva tipología comercial-consumista, supermercado, hipermercado, grandes superficies de una ciudad consumida, hoy esta zonificación ha sido sustituida por nódulos especializados, botellódromos, multicines, zonas de copas, zonas comerciales, en los que lo importante es el flujo continuo y cambiante que transforma la ciudad en lo que Koolhaas ha definido como un “tapiz de accidentes”.
Al habitar, al vivir y ocupar los lugares, los seres humanos seguían usando códigos corporales: desplazarse, orientarse, encontrar huellas de referencia, oler, visualizar el horizonte etc. El vivir, el existir ocurría en un cuerpo que era espacio habitado, el cual interaccionaba con el mundo, acumulando una experiencia relacional en la que mediaban todos sus sentidos en una dimensión espacio-temporal dominada por él. Su espacio se convertía en lugar experimentado como entorno concreto, determinado por límites o umbrales, marcado por caminos, encrucijadas, jalones o flujos y ordenado por intervalos o tiempos contrastados y concretos. Esos lugares ya establecidos en nuestra experiencia se recibían como tales o se legaban a las posteriores generaciones según la experiencia corporal que se tenían de ellos. Esos espacios, se fijaban como símbolos o representaciones de la ciudad que habitábamos, y se heredaban o transmitían, junto con el lenguaje; es decir, el “ser de un lugar” y la “experiencia de vivirlo” no quedaba sólo determinado por las palabras o las imágenes sino que tenían que ser, como ya hemos apuntado antes, recorridos, percibidos, tocados, olfateados, retenidos en la memoria visual, reconocidos, en suma, a través del cuerpo.
Todo esto ha cambiado con la tecnología,las nuevas formas de movilidad y de transporte de las sociedades tecnológicas generan una nueva percepción de la ciudad, una nueva ciudad que afecta el comportamiento afectivo de los individuos.La enorme rapidez de los cambios científicos y tecnológicos y su cada vez mayor influencia en la vida cotidiana ha provocado desajustes en todas las sociedades: se ha generado lo que podríamos llamar una "sociedad a dos velocidades" dividida entre los que pueden seguir el ritmo de los cambios y los que por edad o por falta de medios no pueden adaptarse y quedan marginados del resto de la sociedad.

sábado, 23 de agosto de 2008

Un verano muy oriental




Mi estancia en Seúl fue sorprendente, una ciudad de 17 millones de habitantes y no sesiente para nada el agobio de las megalópolis. La ciudad es muy interesante con una destrucción-construcción que sorprende, el diálogo oriente y occidente está tan bien construído que se sienten orgullosos de lo que han conseguido. Y es para estarlo, es una de las ciudades más desarrolladas y con un nivel de vida extraordinario en menos tiempo. El coreano tiene una altísima concepción del trabajo, el esfuerzo y la necesidad de mostrar el éxito que han conseguido en tan poco tiempo. Una de las culturas más interesantes para su estudio, un pueblo castigado y dominado hasta hace relativamente poco, ha sabido con tesón convertirse en uno de las naciones más sorprendentes de Oriente. Muy recomendable